¿Cómo recuerda su debut como doblador en el encierro?
No se asemejó en nada a mi primera experiencia como corredor. En este caso, se traducía más en una afición que me atrajo desde muy pequeño porque he estado siempre relacionado con el toro bravo. Participé durante cinco años, y lo cierto es que me consideraba un corredor vulgar porque no poseía muchas características físicas y tenía siempre muy presente el riesgo que conllevaba el ponerse delante de los toros. Sin embargo, mi labor como profesional de la carrera nace como un sueño de colaborar en el encierro como doblador.
¿Le resultó muy complicado ver cumplido ese deseo?
Se exigía ser profesional taurino -matador de toros o banderillero en activo-. Elegí la segunda opción, pero para ello tuve que torear mucho tiempo. Estuve casi ocho años en la cuadrilla de Pablo Hermoso de Mendoza, hasta que sufrí un percance y lo dejé. Posteriormente, surgió una vacante en el equipo de dobladores de aquel momento y entré en el grupo.
¿Había similitudes entre su pasado como profesional taurino y su función de doblador?
Al principio, el cambio me chocó mucho. En la lidia, todo lleva un orden y cada profesional tiene una misión muy clara de la cual no se puede salir. Por el contrario, como doblador del encierro la labor resulta más errática. Nos dan un capote, pero nos dicen que no podemos torear. Por tanto, no disponemos de ese instrumento de defensa, sino que lo debemos usar sólo como reclamo. El cumplimiento de nuestro trabajo pasa por reconducir a esas reses que se descarrían de la carrera y, por su puesto, evitar que se produzcan cogidas en el ruedo.
¿Qué significa el encierro para usted?
Dentro del mundo taurino es una maravilla. Me considero un enamorado de él. Podría ser un detractor, porque a mí me gusta el toreo de verdad y esto no tiene nada que ver. No obstante, sus características, la tipología de las calles por las que se desarrolla y su longitud lo hacen un espectáculo único y muy atractivo.
¿Qué sensaciones tiene un doblador una mañana del día 7 de julio instantes antes de que dé comienzo el encierro?
Sobre todo, ilusión. Prácticamente, la misma que pueden experimentar un corredor y un espectador. Los nervios son terribles. Además, en nuestro caso, el lenguaje del sonido resulta fundamental. El primer cohete que se tira desde el corral de Santo Domingo, el que anuncia que se abre la puerta a los animales, me hiela la sangre. Asimismo, dependiendo del periodo de tiempo que transcurra hasta el segundo disparo, el que confirma la salida de todos los toros, se percibe si el encierro va a tener problemas o no. Además, por medio de la gente que va entrando a la plaza antes del paso de las reses, se aprecia si ese día, la carrera va a ser excesivamente multitudinaria o problemática. Inicialmente, se intuyen muchas cosas, pero cuando ves llegar a la manada se olvida todo.
¿Cuál cree que es la equivocación más común que se produce en el encierro?
Distinguiría dos tipos de actuaciones negativas por parte de los corredores: unas provocadas por la desinformación, y otras que tienen su origen en la mala concepción que se tiene del encierro. En la primera, apenas se tiene claro la dirección que llevan los animales, si hay que correr mucho, si se puede tocar al toro… En la segunda, por su parte, a pesar de que se conoce el funcionamiento de la carrera, ésta se usa como una manera de continuar con la fiesta y se confunde el encierro con una capea. Este último tipo de equivocación resulta más preocupante, ya que se trata de gente que quiere ir en contra de las normas básicas de la carrera.
¿Cómo ha vivido la evolución de este espectáculo en estos últimos años?
Se está divulgando y masificando cada vez más. Asimismo, el número de corredores foráneos se ha incrementado considerablemente. Se han mejorado y solucionado pequeños detalles, pero todavía hay que trabajar mucho para paliar las graves consecuencias de un acto masificado.
¿Considera éste el mayor problema de la carrera?
Pienso que, en este sentido, se ha llegado al límite, ya que la policía impide la entrada de más gente cuando ya no caben más en el recorrido. Sin embargo, luego está el respeto con el que los propios corredores tratan al encierro, porque existen muchos que lo desprecian y que por el mero hecho de agarrar a un toro se sienten importantes.
¿Qué medidas podrían aplicarse para erradicar este tipo de actuaciones?
Las que se están tomando son las adecuadas. El encierro ha cambiado de forma espectacular y, sin embargo, sigue funcionando adecuadamente.
¿Cómo describiría la relación de los corredores con los dobladores?
Diferenciaría dos tipos participantes en la carrera. Primero, estaría el de siempre, el civilizado y amante del encierro, con el que el trato resulta muy bueno. Mientras que, por el contrario, también existen otros cuyos objetivos no son tan nobles y convierten la entrada a la plaza en un caos.
¿De qué forma piensa que afecta un encierro a los toros?
Son astados que pertenecen a la elite de las ganaderías y que nunca han tenido ningún tipo de contacto con la lidia y con la gente. De esta forma, las reses, en su primer contacto con la carrera, se quedan bloqueados y se estresan. Esto les viene bien para que, por la tarde, el estrés les afecte menos y, por tanto, apenas se caigan al suelo. No obstante, y como consecuencia negativa, el toro podría estar más avisado y saca muchas conclusiones de su contacto con las personas.
¿Qué consejos le daría a un principiante? ¿Le recomendaría algún tramo en concreto?
Que observe a su alrededor, que mire como se comporta la gente y que acuda a su primer encierro con alguien experimentado. En cuanto al lugar, nunca le animaría a que empezase en la cuesta de Santo Domingo, sino que le diría que probara suerte de mitad de Estafeta hacia adelante.
¿Qué sería de los sanfermines sin el encierro?
No tendrían nada que ver. Toda la fiesta de Pamplona gira alrededor de este espectáculo.