17 Mayo 2012
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El alcalde de Pamplona, Enrique Maya, ha anunciado que quiere recuperar el Riau Riau tradicional. Desde luego es una noticia que ha empezado a generar tal nivel de controversia que habrá que ver, antes de nada, si el primer edil mantiene este primer gesto.

Lo digo porque, tal y como somos por esta tierra, vamos literalmente a freír a nuestro primer edil con este tema por tierra, mar y aire.

¡Apriétese señor Maya un par de buenas pastillas porque el dolor de cabeza no se lo va a quitar nadie! Dicho esto sería bueno considerar varios aspectos alrededor de esta información.

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San Fermín es la calle y todo lo que pasa, o deja de pasar, se celebra al aire libre, casi de forma espontánea. Incluso, no hay mayores compromisos ni ataduras que las que aparecen recogidas año a año en un programa “de connivencia” cuyos puntos principales son archiconocidos y hasta repetitivos.

Por ahí, precisamente, nos enfrentamos a un doble riesgo. La muerte por éxito de una fiesta que, en el aspecto más formal, empieza a reclamar ciertos aires de renovación y, sobre todo, que ese éxito que representa las multitudes no acabe con la esencia de lo que hasta ahora se entendía por San Fermín. Dicho de forma más concreta: que el sentido de una fiesta salvaje, equivalente a una ciudad casi sin ley y de botellón guarro llegue a tal extremo incontrolable que lo inunde todo.

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Sería bueno dejar de hacernos trampas en el solitario y reconocer abiertamente que nos da mucha pereza pensar en lo que representa hoy San Fermín. Nuestra fiesta se ha universalizado, se ha hecho tan grande, que no nos damos cuenta de que presenta algunos síntomas claros de agotamiento.

Efectivamente. Algunos achacarán estos problemas a que la autoridad, en los últimos años, ha puesto todo tipo de trabas a la participación ciudadana, a que sea la calle y los pamploneses los protagonistas de sus fiestas. Puede ser, no lo niego.

No obstante, también sería deseable que los promotores de esa línea de pensamiento reflexionaran a su vez y tuvieran el valor de considerar por qué no han conseguido más apoyos de esa calle que reclaman como suya aparte de sus conocidos y seguidores.

 

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La crisis se ha llevado por delante la Oficina de Información Turística de Tudela. Tengo que reconocer que, cuando leí la noticia, me dio un poco de pena. Es conocido que nuestro nivel de atención al visitante es francamente mejorable y no estamos para perder ni medios ni personas.

También es cierto que estamos en una situación de escasez. Sin embargo, por muy poco dinero que haya, ¿dónde está la sociedad civil? Me explico. En una situación más o menos similar ahí tenemos a los propietarios de las Casas Rurales de Navarra que, de la nada, han creado una especie de cooperativa destinada a integrar sinergias.

Pues bien, precisamente eso mismo es lo que echo en falta en el caso que he citado. Los sectores más afectados por la falta de una oficia de turismo (restaurantes, asociaciones, bares, incluso el empresariado, …) ¿no podrían unir sus fuerzas para, entre otros, sufragar este servicio o uno similar, aunque sea más modesto? “Algo” será mejor que no recibir al visitante o, peor aún, que recibirlo con una persiana cerrada a cal y canto. Lo dejo ahí porque igual me acusan de meterme donde no me llaman.

 

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Era la voz de Michael Caine, de Paul Newman, de Marlon Brando. Era Rogelio Hernández, la persona ‘desconocida’ que, tras su trabajo de doblador, nos hacía disfrutar de las magníficas representaciones de todas esas grandes figuras del cine.

Justo ahora que inicio mi colaboración en este blog pienso en personas como Rogelio Hernández y qué bonito debe ser entregar tu voz para crear arte. Porque, desde su anonimato obligado, la voz del doblador nos hace partícipes de la historia que nos llega desde la gran pantalla que se extiende ante nuestros ojos. Esa voz es la que nos emociona, nos hace sonreír hasta la carcajada, nos introduce el miedo o nos hace pensar en quién puede ser el asesino.

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