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Nombre y apellidos: Julen Madina Ayerbe
Fecha y lugar de nacimiento: 11 de septiembre de 1954, San Sebastián
Profesión: Profesor
Experiencia como corredor: 35 años
Tramo: Final de Estafeta, telefónica y callejón
 
 
 
 
 
 
“Al margen de los toros, el mayor peligro es la incertidumbre”

¿Recuerda su primera experiencia en el encierro?
Perfectamente. Tenía 14 años y estaba en la Ulzama, de camping, durante los sanfermines. Como tenía amigos en Pamplona, decidimos visitarles, conocer las fiestas y, como no, participar en el encierro.

¿Conocía algo de la carrera?
La noche anterior había hablado con un corredor. Me dio algunos consejos y acudí con él a la plaza del Ayuntamiento. Entonces el encierro era a las siete. Me dijo que cuando sonara el primer cohete debía aguantar, pese a que la gente comenzara a correr. Con el segundo disparo, me comentó que había que contar hasta diez y, entonces sí, iniciar la carrera. Con esta idea llegué al primer día e hice las cosas tal y como me habían transmitido. Esperé los diez segundos tras el segundo cohete y recuerdo que tuve una sensación como de engaño, porque no veía los toros por ningún lado. No obstante, cuando llegué a la altura de la mitad de la plaza Consistorial, vi cómo se abrió la gente en Santo Domingo para dejar paso a la manada. Me caí y sólo pude observar el paso de los toros desde el suelo. Eso me enganchó hasta el día de hoy.

¿Qué diferencias nota entre el tramo de la plaza del Ayuntamiento y el final de Estafeta?
Ha cambiado mucho la carrera en sí con respecto al número de personas que corría antes. No había tanta gente, por lo que, si tenías facultades y lograbas meterte en la manada, podías protagonizar carreras muy largas. La masificación, en este sentido, ha variado el encierro, como también lo ha hecho el comportamiento de la gente, que ahora toca mucho más al toro y lo respeta menos.

Después de tantos años de experiencia como corredor, ¿qué supone el encierro para usted?
Algo muy íntimo y personal. En mi caso, tiene una emotividad muy fuerte. Lo vivo de manera intensa, te engancha y llega un momento en el que no puedo estar sin él. Se trata de un reto personal. Me produce miedo pero, sin embargo, me atrae y me da mucha vida.

¿Cuál cree que es la equivocación más común a la hora de entender la carrera?
Menospreciar el riesgo y pensar que el encierro forma parte de un juego que sirve de continuación a la fiesta. Se trata de algo mucho más serio, por lo que la mayor equivocación es no darle la importancia y el respeto que se merece.

¿Qué papel ha desempeñado la masificación en la evolución del encierro?
Lo que veo es que ha ido accediendo mucha gente de diferentes lugares porque apenas ha habido relevo generacional. Se ha ido perdiendo ese localismo en el crecimiento de la carrera y ha venido una gran cantidad de personas que se toma esto como un rito para demostrar lo valientes que son, y eso no puede ser. Antes de entrar en el recorrido, se debe saber qué es el encierro y cómo hay que correrlo –dentro de las normas y el respeto de obligado cumplimiento-. No obstante, también participa mucha gente fantástica, que corre con mucho respeto y posee un gran conocimiento de la fiesta y del toro.

¿Qué otros problemas afectan a este acontecimiento?
El miedo que hay a hablar de los verdaderos inconvenientes del encierro. Se tratan cosas alrededor de la carrera, pero no se terminan de concretar remedios para los verdaderos problemas que la afectan, que son la masificación y la pérdida de respeto. Al encierro hay que cuidarlo, y no se puede hacer lo que a cada uno le dé la gana. Se han perdido la estética y la esencia. Hay que trabajar para mejorarlo y, así, continuar sintiéndonos orgullosos de él.

Al margen del toro, ¿cuál es el mayor peligro al que se enfrenta un corredor?
La incertidumbre. Nunca sabes cómo se va a desarrollar. En la carrera no se conoce de antemano lo que se va a tener que hacer. Lo único que tienes claro es que vas a ir a la calle, que vas a tratar de situarte bien y, a partir de ahí, ya se verá. En el encierro aparecen todos los días demasiados imprevistos como para llevar algo preparado. Esta incertidumbre hace que el miedo y los nervios sean también mayores. Por uno de estos acontecimientos inesperados, se produjo mi cogida en 2004.

¿Qué le pasó?
Iba como siempre, pero me encontré en un callejón sin salida y tropecé. Parecía que el toro me estuviese dando cuchilladas, aunque la que más me dolió fue la del glúteo.

¿Le dio tiempo a pensar en algo?
Sólo quería quedarme quieto porque confiaba en que el animal levantara la cabeza y se marchase, pero se cebó conmigo y me dio una paliza impresionante. Permanecí en el suelo y escapé por la gatera porque la carrera estaba cortada y por detrás entraba mucha gente. Una vez a salvo, empecé a quedarme dormido y noté el pantalón muy húmedo por la sangre. Pasé miedo porque no sabía si me había tocado la femoral, pero intenté tranquilizarme, ya que tenía muy presente que las asistencias estaban a punto de llegar.

¿Qué percibe un corredor en el recorrido instantes antes de que dé comienzo el encierro y en el momento previo al paso de la manada?
Nervios. Esperas el momento justo para salir. Cada uno ya tiene sus propias señales para saber en qué lugar exacto se encuentran los toros, como los flashes de las cámaras en los balcones, el ruido, el olor, los gritos de la gente, la aceleración de los corredores y, evidentemente, el hecho de dar pequeños saltos y ver a gente conocida. Éste último es un síntoma inequívoco de que los toros ya están ahí. La cabeza funciona como un ordenador. Está continuamente analizando lo que se produce en carrera.

¿Sigue algún tipo de ritual?
Caliento siempre de manera metódica porque necesito que mi cuerpo esté preparado para realizar un sprint. Si me siento bien físicamente, mentalmente sé que también me voy a encontrar en perfectas condiciones.

¿Qué consejos daría a un principiante? ¿Qué tramo le recomendaría?
La parte baja de Estafeta es más lineal, por lo que el toro puede llevar una trayectoria más definida. No obstante, no hay ningún tramo fácil. Como recomendación, le animaría a que no corriese. Pienso que, primero, debería probar suerte en otros encierros maravillosos que hay en Navarra para ver de verdad si es capaz de enfrentarse a un toro. En localidades como Tafalla participan muy buenos corredores, no hay masificación y, por lo tanto, el espacio en carrera es mayor. Si ahí le entra el ataque de pánico, ya sabe que no debe meterse en la carrera de Pamplona.

¿Hay alguna imagen que se le haya quedado grabada?
Varias. La muerte de Eraso, la cogida a Górriz, el bufido y la fuerza de dos Miuras en la curva de telefónica que a punto estuvieron de darnos un susto a Jokin –Zuasti- y a mí, los contrastes de la luz del sol en la entrada al callejón, el ruido de la gente en la plaza cuando entras delante de un toro...

Al margen de las cornadas que recibió en 2004, ¿ha sufrido algún otro percance?
Una vez, un toro me llevó colgado del asta desde la curva de telefónica hasta la entrada a la plaza. En el 94, unos Miuras me rompieron cuatro costillas. Además, la manada me ha pasado en varias ocasiones por encima. Al que entra al recorrido, es muy probable que le sucedan cosas.

¿Qué sería de los sanfermines sin el encierro?
Una fiesta más. La esencia de Pamplona es esta carrera, que hace de la ciudad algo especial.

 
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