¿Cómo fue su primera experiencia en un encierro?
Tenía 15 años. Recuerdo que todo transcurrió de una forma muy atípica. Pasé un montón de miedo, llegué a la plaza de toros y, al minuto, llegó la manada. Cuando acabó, tuve como una sensación de ridículo y me dije a mí mismo que, la próxima vez, o corría al lado de un toro o no volvía a intentarlo.
¿De dónde le vino la afición?
Tengo tradición familiar, aunque no empecé a correr por este motivo. Mi abuela solía llevarme a la plaza a ver el encierro, y la verdad es que eran momentos muy emocionantes que me impactaron mucho.
Después de tantos años y experiencias, ¿qué supone el encierro para usted?
La valoración que hacemos las personas que llevamos más de 30 sanfermines corriendo es muy distinta a la del resto, ya que hemos mamado su evolución durante todo este tiempo. Ahora, requiere para mí un esfuerzo mental muy grande porque, con 50 años, debo superar el miedo, la angustia y la presión que supone cada carrera. Parece que por ser un veterano es más fácil porque ya estamos acostumbrados, pero sucede al contrario. Año tras año, valoras más el riesgo, tienes una escala de valores en tu vida privada que te condicionan y, como es lógico, la preparación física ya no es la misma. En 1991, todo esto me pesaba mucho y decidí dejarlo. Nada más acabar el que se supone que era mi último encierro, me di cuenta de lo que ese paso que había dado significaba para mí, así que tuve que ir al otro lado del vallado y estuve llorando un rato largo. Al año siguiente, los sanfermines para mí carecieron de toda emoción. Al cabo de dos años, volví con más fuerza mental que nunca.
¿Cuál cree que es la equivocación más común a la hora de entender el encierro?
La ignorancia juega un papel fundamental. Muchos de los que acuden todas las mañanas de San Fermín a ponerse delante de los astados no saben lo qué significa en sí este acto y parecen no ser conscientes de la fortaleza del toro. Hay que tener en cuenta que el encierro es uno de los acontecimientos más serios de las fiestas y, a su vez, el más peligroso. Uno de los más mayores errores es pensar en él como una continuación de la juerga de la noche.
¿Cómo ha visto su evolución en estos últimos años?
El cambio más comentado y más llamativo ha sido el de la masificación, por la gran cantidad de gente que hay a los lados del recorrido. Asimismo, ha aumentado el número de corredores, aunque, por otra parte, están mucho mejor preparados físicamente que antes. Esto ha reportado más competencia a la hora de colocarse bien en la cara del toro y ha obligado a los mozos a tener que correr muy cerca de los astados. Otro aspecto que ha evolucionado mucho ha sido la forma en la que llegan los toros a Pamplona. Actualmente, la mayoría de las ganaderías preparan a los animales físicamente y afrontan el final del recorrido con más fuerza.
Además de la masificación, ¿qué otros problemas afectan al encierro? ¿Qué soluciones serían las más adecuadas?
No me gusta el hecho de que haya gente que corra sólo para aprovechar la repercusión que tiene. Egoístamente hablando, la solución sería que no fuese televisado, pero hay que entender que no se puede dejar sin verlo a todos aquellos que siguen la carrera con interés. Por otro lado, secundo la idea de correr todos de blanco para evitar a la gente que sólo busca ser vista en prensa y televisión, aunque respeto a ésos que corren con una camiseta determinada por tema de superstición.
Al margen del toro, ¿cuál es el mayor peligro al que se enfrenta el corredor?
Sus propios miedos y las circunstancias que rodean al encierro, ya que son totalmente incontrolables. El corredor se crea demasiadas presiones a la hora de hacer una buena carrera. Es muy exigente y ambicioso consigo mismo y nunca va a decir que un encierro le ha salido perfecto.
¿Qué siente y percibe un corredor cuando está en el recorrido instantes antes de que llegue la manada?
Se está muy concentrado para percibir las referencias que indican el lugar exacto en el que se encuentran los toros. Yo, por ejemplo, suelo estar atento a los balcones, porque los flashes de las cámaras de fotos y el movimiento de las cabezas de la gente son indicadores muy fiables de la ubicación de la manada. Si los movimientos de los corredores empiezan a ser violentos y bruscos también es síntoma de que el peligro está cerca. Pero, sin duda, el hecho de ver rostros conocidos significa, para mí, la referencia más fiel y exacta. Luego, ya empiezas a oír el ruido del cencerro y las pezuñas de los toros golpeando el suelo. Una vez dentro de la manada, el olor resulta inconfundible.
¿Sigue algún tipo de ritual antes de cada carrera?
Desde hace muchos años, caliento algo más de una hora. Suelo hacerlo solo, tratando de superar mis miedos. Resulta muy curioso encontrarte con buenos amigos en el encierro y, de la tensión que sentimos, lo justo nos damos los buenos días. Después de que ha pasado y has descargado la adrenalina es otro mundo, comentas cómo te ha ido en la carrera y piensas ya en la próxima. La mayoría de las noches, apenas duermo de los nervios, así que se podría decir que las fiestas giran, para mí, en torno a este acontecimiento.
¿Qué consejos daría a un principiante? ¿Qué tramo le recomendaría?
Primero, le informaría de los peligros y de lo que es, hoy en día, el encierro. Le hablaría de su repercusión, de su grandeza y de las sensaciones que transmite. Además, le explicaría que es tan importante estar bien preparado físicamente como mentalmente. En cuanto al sitio, nunca le animaría a correr en el último tramo de Estafeta porque en él se producen la mayoría de los problemas. Quizá, los lugares más vírgenes siguen siendo Santo Domingo, Ayuntamiento y Mercaderes.
¿Hay alguna imagen que se le haya quedado grabada en todo este tiempo?
Tengo muchas, pero la más impactante data de un encierro de finales de los 70. Recuerdo que hubo dos muertos, pero a mí me tocó vivir de cerca una cogida en la plaza de toros. El astado pasó el callejón y se desplazó hacia la derecha. Embistió tres veces a un corredor del que no recuerdo el nombre. En la tercera cornada, le abrió todo el abdomen y vi perfectamente cómo salió todo el paquete intestinal. En momentos como ése, ves lo fácil que le resulta a un toro acabar con la vida de una persona.
Y usted, ¿ha sufrido algún percance?
Sí que he sentido muchas veces el asta en la espalda, pero al margen de revolcones, pisotones y de ver muy de cerca la cabeza de un toro en los famosos montones, no he tenido que lamentar nunca, por suerte, una cornada.
¿Qué sería de los sanfermines sin el encierro?
Para mí, los sanfermines son el encierro. Lo ideal sería dejar de correr y disfrutar de las fiestas pero, hoy por hoy, me resultaría muy difícil concebirlas sin el encierro.
¿Hay ganaderías más peligrosas que otras?
Mentalmente, como el corredor del encierro no acuda con la misma mentalidad y concentración todos los días, lo tiene claro. Antes, a mí me gustaban mucho los Pablo Romero porque hacían carreras muy limpias y se hermanaban de dos en dos o de tres en tres.
¿Cuál es la forma idónea de correr en Estafeta?
Hay que dar poca distancia al toro. Una vez colocado en la cabeza de la manada, lo primordial es coger el sitio, aunque si hay otro, en ningún momento hay que echarle de ahí.